Doble reivindicación literaria  

 

DOBLE REIVINDICACIÓN LITERARIA

Mª Victoria Reyzábal

 

La repercusión espacio-temporal y el impacto sobre la cultura occidental de la literatura griega clásica contrasta con la opacidad que se ha cernido sobre la producción escrita de este país en épocas posteriores. Con la honrosa excepción de figuras puntuales, el estado de la creación literaria en lengua helena constituye una auténtica incógnita para los lectores españoles y de otros muchos países. La barrera de una lengua difícil de traducir y los turbulentos avatares sociopolíticos experimentados por el país desde el siglo XIX y durante gran parte del XX ofrecen claves parciales para entender esa injusta marginación.

La editorial “Páginas de Espuma” emprende con esta obra un doble reto: proseguir con la reivindicación de la narración breve (tarea que ya inició con sus antologías del cuento español y centroamericano, denominadas respectivamente “Pequeñas resistencias” y “Pequeñas resistencias 2” y dar a conocer parte de la producción narrativa contemporánea en lengua griega (“Esta es una antología militante. Una antología que se manifiesta apasionadamente a favor del cuento […] además del cuento, es apasionadamente militante de la literatura griega”, pág. 9). La labor de selección y traducción corre a cargo de Irini Pitsaki que en el prólogo desmenuza los precisos criterios metodológicos seguidos en la confección del volumen, en el cual se ha tenido muy en cuenta no sólo ‘el quién’ o ‘el por qué’ se seleccionaban determinados relatos, sino también el ‘cómo’ se distribuían los mismos para ofrecer un conjunto con coherencia propia, superior a la simple suma de las partes.

El lector que se interne en este texto tendrá acceso a diez relatos, muestra representativa, moderna y a la vez con garantía contrastada de madurez y calidad, de la producción de escritores griegos contemporáneos. Todos ellos son narradores bien curtidos, pues han cultivado con maestría tanto el relato breve como la novela, géneros con personalidad propia que exigen perfeccionar cualidades técnicas diversas y, a la vez, mutuamente enriquecedoras. De la obra de los autores elegidos (Misel Fais, Yoryis Yatromanolakis, Eugenio Aranitsis, Sirana Sateli, Sotiris Dimitriou, Ersi Sotiropoulos, Vassilis Gouroyannia, Dimitris Nollas, Mennis Koumandareas y Antonis Sourounis) se han elegido piezas ya publicadas previamente y, en casi todos los casos, posteriores a 1990. Se trata, por tanto, de dar testimonio de trayectorias creativas actuales y, a la vez, suficientemente consolidadas como para permitir mostrar tendencias estables y no simples experimentos noveles.

La lectura de la antología requiere un ‘tempo’ pausado que permita adentrarse en historias nunca simples y degustar estilos y usos lingüísticos delicados, independientemente de las peculiaridades de cada creador. Podría decirse que la estructura de que se ha dotado al conjunto propone al receptor un trayecto (que no pretende ser, en palabras del editor, una imposición, sino dejar lugar a otros alternativos) que conduce gradualmente desde tramas intimistas, oníricas e, incluso, de oscuro desciframiento (“La Tierra vista desde la luna”, “La vena del cuello”, “La mujer-golondrina”´) a relatos más “mundanos”, en los cuales el argumento resalta elementos plenamente realistas, cuya interpretación resulta más unívoca.

El camino lo inicia Misel Fais con la plasmación fragmentaria de las  ensoñaciones sexuales de la adolescencia del protagonista, en las que satisface lo que eufemísticamente denomina “la Calentura”. Entre todas sus fantasías, destaca la fascinación erótica y cuasi incestuosa que le suscita la feminidad excesiva e, incluso, obscena de la tía (realmente prima) Clara (“Llevaba unas gafas pasadas de moda y hablaba con contorsiones espasmódicas. Y al despilfarro de su dote física le daba una continuación más cruel en su cuerpo. Fumaba como un preso y bebía como una culebra de agua, abandonaba al desgaste un cuerpo de conmovedora belleza”, pág. 28). Tras el carácter estrafalario de este personaje se descubre a una superviviente de las vejaciones nazis, que, a pesar de ellas, conserva la dignidad. Lo consigue gracias a la permanente rebeldía, la cual la convierte ante todo en un ser libre, que huye de cualquier tentación de victimismo revanchista: “Nunca se entusiasmó, nunca juzgó, nunca se mostró escéptica. En dos palabras, no tenía una conducta holocáustica… no ansiaba un luto colectivo para consolarse o una interpretación rigurosa para oponerse a algo que la mayoría aceptaba o con furibundos alegatos o con llorosas confraternizaciones” (pág. 34). Desde esa perspectiva, lo que era una historia de iniciación sexual, adquiere significación colectiva, en la medida que recupera las secuelas que la Segunda Guerra Mundial dejó en amplios sectores de una sociedad helena con fuertes raíces judías.

La corriente de la sensualidad se mantiene y hasta intensifica en “¡Oh, malvados demonios que, como gusanos, devoráis los libros!”, aportación del cosmopolita y muchas veces premiado Yoryis Yatromanolakis. En esta ficción, el objeto del deseo se transmuta y de la olorosa materia humana migra a las innertes páginas de los libros, que cobran llamativa vitalidad: “no era sólo el viejo papel lo que olía. Lo hacían también las palabras de cada una de las páginas. Sentía su olor y, simultáneamente, las saboreaba. El papel y las palabras impresas. Las olía y chupeteaba con deleite. Inhalé, olí e ingerí todas las palabras del libro, las decentes y las indecentes, las aromáticas y las hediondas” (pág. 47). Placer y sufrimiento se funden en la compleja vivencia de un personaje que es consciente de lo morboso de su ansia de penetrar en los libros (“Un vivo ejemplo de parafilia sexual”, pág. 56), aspiración insaciable que lo aísla cada vez más de sus semejantes hasta convertirlo en amante, marido y sujeto fracasado, encarcelado y separado de todo, condenado al peor de los castigos: el alejamiento definitivo de su única razón de existir, la palabra materializada en la escritura.

Eugenio Aranitsis perfila escenario y protagonista inquietantes en “La Tierra vista desde la Luna”. Rodeado –o más bien– escrutado por atemorizados y perplejos mortales (entre ellos quizá el propio lector), un atemporal eremita se entrega sin reservas a la espera de un apocalipsis que se resiste a llegar. Un Dios inclemente niega a este ser, que conjuga en presente todas las edades posibles, el hecho que desde siempre han temido los humanos: la disolución de todas las cosas en la nada. La terrible apuesta por la destrucción contenida en el relato provoca intensas reflexiones y desasosegantes emociones, sostenidas por un estilo que recrea con maestría la obsesividad y el carácter estático del proceso.

Similar aislamiento y espera anhelante de la aniquilación (en esta ocasión de la propia muerte) respira la figura central de “El aire de Anatolí”. Siranna Sateli desgrana la relación de empatía de una persona “normal” que, por mezcla de bondad y fascinación, se entrega a romper el cerco estigmatizador que rodea a una enferma de tuberculosis, la cual ha aceptado dedicarse a esperar una muerte a la que sólo le pide dulzura. La riqueza en metáforas (por ejemplo, las “fotos rojas” que son los esputos) y el lirismo del texto trasmutan la angustia de Anatolí, sus sufrimientos y los poco estéticos estigmas de la progresiva degradación del cuerpo en digno camino desde el dolor hacia una paz y libertad, que incluso el aire (alusión con fuerte carga simbólica) obstaculiza.

Un acercamiento a lo morboso igualmente poético y trascendente contiene la brevísima narración de Sotiris Dimitriou, “La vena del cuello”. En este caso, la inmovilidad absoluta de una joven, su estado de “muerte en vida”, constituye el punto de fricción de un peculiar triángulo afectivo, en el que la madre renuncia definitivamente a la satisfacción carnal por amor a la hija, ya que constata el egoísmo de una figura masculina que es incapaz de tratar con un mínimo respeto y compromiso la humanidad que sigue latiendo bajo la piel y musculatura inerte de la que para ella sigue siendo Eri, una persona con nombre, aspiraciones y proyectos, aunque la parálisis se los haya truncado.

En este punto, la antología experimenta una progresiva inflexión que hace oscilar los contenidos desde lo individual a lo colectivo y el estilo desde lo intensamente lírico y metafórico hacia lo más puramente narrativo. En las cinco propuestas restantes (“¿Hay alguien ahí?”, de Ersi Sotiropoulos; “La mujer-golondrina”, de Vassilis Gouroyannis; “Personas y tapias”, de Dimitri Nollas; “El muchacho rumano”, de Melis Koumandareas e “Incendio a la japonesa”, a cargo de Antonis Sorounis) encontramos retratos, con diferentes estilos, de la actual sociedad griega. Oscilando entre la ternura, la melancolía, las esperanza o la irónica comicidad, los autores nos presentan siempre con vivacidad una Grecia que crece populosa y diversa, convertida nuevamente en encrucijada de etnias y culturas, en cuyas realidades se entremezclan las heridas de la Segunda Guerra Mundial y las cuestiones planteadas (a veces enriquecedoras, otras muchas origen de tensiones personales y sociales) por la emigración masiva desde centroeuropa (principalmente Rumania).      

En definitiva, nos encontramos ante una obra plural y rica que nos introduce en la cultura y, especialmente, en la literatura griegas de manera atrayente y desestandarizadora.

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